policía, asesina

El bar estaba hasta arriba de gente, no cabía un alma, el ambiente era agradable y las risas se oían constantemente. Al bajar de la silla y darme la vuelta me tropiezo con un hombre de unos treinta años, casi nos rozamos porque el pasillo del bar es muy estrecho, el hombre con una media sonrisa en la cara dice:

–         ¿Qué, cómo va la noche? Vamos dejaros de gilipolleces que soy policía..

–         ¡asesina! (digo yo no muy alto pero lo suficiente como para que me oiga)

Al hombre ese comentario no le gusta nada, se pone serio, y le digo que lo siento, bajando la mirada al suelo, y cagándome en todo porque pensaba que me estaba vacilando. Empieza a entrar más gente, y la peña que estábamos en el bar se pone más nerviosa. Veo a pibas polis, así que mi plan de guardarme el costo en la entrepierna se va de la cabeza. Mientras ellos hablan, yo disimuladamente cojo lo que me quedaba de costo de mi cajita, y por suerte no me ven. Mi cuerpo tiembla por dentro, mi respiración se hace más latente y sobre mis manos se extiende una capa de humedad. De repente el bar se transforma en un patio, algo así, lleno de gente, mucha más que antes, muchos son conocidos pero a otros no les he visto en mi vida. Es como el patio de una casa o algo así. Yo aparezco detrás de la barra, con mi piedra en la mano, preguntándome dónde coño la guardo. Sin saber cómo el plástico que la envuelve se medio rompe, queda un hueco, la bombilla se enciende dentro de mi cabeza, me lo pongo en el dedo corazón, a  modo de anillo.

– Tú, vete al baño y desnúdate, que ahora voy yo. (me dice una poli)

No entiendo nada, si voy sola al baño podría guardarme la piedra en cualquier sitio, pero por el contrario no lo hago, sigue ahí en mi dedo. El baño está vacío, pero luego entran más chicas. Me miro constantemente el dedo, diciéndome si se notará mucho. Entran dos agentes, les pregunto con voz temblorosa si me tengo que quitar todo, y me dicen que sólo la parte de abajo, les digo que es la primera vez que me pasa, que estoy nerviosa y ellas para mi sorpresa me dicen que no pasa nada. Mis manos se abren en cruz, apoyándolas a cada lado de la pared, pero dándoles la cara, a veces de reojo miro mi dedo, ellas no miran mis manos, se centran en pasarme las manos por el cuerpo, buscando una piedra grande imagino. La mujer me manosea un poco pero no lo hace de forma desagradable, ni tampoco por mucho tiempo. Se han ido. A mi lado veo una habitación enorme entre los baños de los tíos y las tías, con sofás, mesitas, todo preparado para una escapada de la fiesta que había montada al otro lado y hacer cosas que no se pueden hacer delante de tantos ojos.

Sin saber muy bien qué está pasando me adentro entre la multitud, la gente baila, fuma, bebe, todos se divierten, los policías siguen merodeando por allí, como esperando a cazarme, saben que llevo algo pero no saben dónde. Intento disimular mi intranquilidad, bailo y me divierto con la gente. Le veo a él, de risas con más chicas, no se percata de mi existencia. Pero ya no me importa, tengo el hachís en el dedo corazón, nadie se ha dado cuenta, todos me preguntan que dónde lo tengo, y yo les respondo que no puedo decirlo, que todavía no se han ido. Estamos en una especie de patio interior, al aire libre, la noche es cerrada, comienza a llover, pero sólo llueve debajo de los árboles, los críos  mueven las hojas para que todos nos mojemos, las chicas ríen, los chicos juegan a enamorarse. Tú estás en medio de todo el mundo, pero sigo sin existir. Me acerco a hablar con una amiga. Mientras hablo con ella veo a mi lado un hombre (policía) con un perro, quiero tocar al perro pero me paro en seco, si lo hago olerá el hachís de mi mano, el perro se pone nervioso pero no agresivo, es como que quiere jugar, que le acaricie, pero mi mano la escondo disimuladamente detrás de mí. El poli me mira raro, como sabiendo que escondo algo pero que no sabe muy bien el qué. Me manda al baño, me dice que ahora irá alguien. Subo una cuesta, estoy cansada, el hachís está ablandándose y ya no puedo más. El perro me sigue, quiere jugar, le toco la cabeza, pero no quiero que me huela la mano, estoy asustada por si me muerde.

– ¡Basta ya por favor! ¡Basta! ¡BASTA!

Tiro la piedra en una esquina que veo de camino al baño, llueve pero yo no me mojo. Dejo que la piedra se quede ahí por si luego puedo buscarla. Me meto en el baño, ahora el aseo en sí es más pequeño que antes, abro una puerta y espero a que venga la agente. Pero en lugar de venir ella veo a un tipo de metro noventa, más bien gordito, de unos veinticinco años; tiene algo raro en su mirada. Me quedo paralizada. Noto que ese hombre, con el pelo rapado al uno, con cara redonda, con ojos perdidos, tendrá una edad mental de ocho años. Mi cuerpo tiembla, tiene una extraña sonrisa en la cara, una mirada vil, enfermiza, como si quisiera poseer cada centímetro de mi cuerpo. Las lágrimas caen por mi cara, le pido que se vaya, le empujo en su abdomen, fuerte  y duro, él apenas se mueve, sigue con esa cara mezquina, que me hace más daño que si me estuviera tocando. Mis empujones son más bien suaves, pero él no hace nada, se balancea con mi movimiento, pero no dice nada, le pido que por favor él no, que venga una poli pero que él no me toque. Su mirada se mete en la mía,  dejo de empujarle, se marcha. Sigo nerviosa, llorando, no entiendo nada. No viene nadie.

Estoy en un coche, veo la carretera, las luces, tres chicas con faldas muy cortas van en medio de la carretera, todos los hombres reparan en ellas, pitándolas con el claxon, gritándolas burradas. A mi mente viene la imagen de la piedra, en la esquina, la dejé allí olvidada. No sé con quién voy en el coche. Un teléfono suena… abro los ojos.

 

Esto  que os cuento es lo que me ha pasado esta noche, en mi cama. Me he despertado hace media hora, estoy intentando recordar todo lo posible. Ha sido una agonía, no puedo explicarlo, era extraño, ver como la gente se divertía y yo queriéndome morir. Se entremezclaban cosas, aparecía en sitos de repente. Raro, muy raro.
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otra seta dijo...

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