older family

El otro día me entró una morriña familiar a la que no estoy acostumbrada. Echaba la vista atrás y de repente fui consciente que no volveremos a ser tal y como fuimos. Empecé a recordar cuando Jaime me subía a sus piernas y me columpiaba mientras me partía de risa, los días de verano tumbados junto al ventilador con el toldo bajado hasta los topes mientras mi padre hacía que veía la vuelta ciclista, sentarnos los 6 en la mesa cuadrada y comer raciones los domingos, levantarme a las 11.00 los fines de semana y saber que en la mesa me esperaban 4 o 5 churritos que mi padre había traído. Traer una peli del videoclub, sentarnos en el sofá, y comer pipas y guarrerías. Planear una escapada al zoo o a algún museo. Esperar con impaciencia a que llegara el viernes porque ese era el día que mi padre venía a buscarme al cole con un bollo en la mano, llorar en la guardería de las puertas amarillas porque mi hermana se tenía que ir y al final quedarse hasta que me tranquilicé. Dar las 12.30 y ver a mi madre en la puerta del cole esperándome con la barra de pan y un chicle en la mano. Dejar a mi hermana practicar con sus planchas de varias placas y ondularme mi larga melena, jugar a los peluqueros con Uge aprovechando su época de estilo Guti, esconderme debajo de la mesa de la terraza para que mi padre me buscara durante un rato. Jugar con mis hermanos a juegos de mesa cuyo dado era la cara de un dragón. Morir de la risa cuando mi padre me cogía de la mano camino del cole y corría tanto que apenas yo ponía un pie en el suelo. Coger hojas caídas de los árboles con mi madre para mis trabajos de naturales. Jugar con mi padre a Hundir la flota y enfadarme porque siempre me ganaba. Quedarme dormida en el sofá mientras mi familia decoraba la casa con adornos navideños y cantaban villancicos. Ir con mis padres a los bares y pedirme vasos de mosto. Viajar en el AX con techo solar 5 personas hasta Valencia para ver a mi tía, sin aire acondicionado y con la vaca hasta arriba de maletas. Bañarme en la playa con mi familia con zapatillas de agua porque no me gustaba el tacto de la arena. Hincharme a torrijas en semana santa hasta vomitar y no volver a probarlas en 8 años. Abrir el cajón del mueble del salón y sacar álbumes de fotos para ver lo jóvenes que eran ellos, y preguntarle a mi padre quién era ese señor al que había tachado la cara con un boli bic mientras hacía el servicio militar. 

Ir al pueblo a principios de verano, comer bocatas de longaniza que mi madre me preparaba, subir con mi padre al repetidor, irnos a los pantanos para pasar el día con los primos. 

Quedarme con mi hermana a su cuidado y bajar a los bares con sus amigos. Jugar al ordenador con Uge y verle ganar a todo. Pedirle a mi padre que me leyera algún cuento en la cama. Dormir en la habitación de mis hermanos porque la mía la estaban reformando y acabar en el suelo dándome un tortazo de escándalo cuya reacción mía fue volver a meterme en la cama. Escuchar UB 40, Celtas Cortos o Dire Straits en el patio de la casa del pueblo mientras hacíamos limpieza general. Ver ‘Verano azul’ con mi madre y partirnos de risa con el Piraña. Llorar de pena al dejar a mi pato blanco en el lago de El Soto mientras mis hermanos me animaban a que me comprarían otro. Quedarme igual de triste en el lago al dejar a mi pato negro unos años después. Ir a la primera despedida de soltera con 16 años, la de mi hermana, y sentir que salir de fiesta con las mayores también podía ser divertido. Pedirle a mi padre que me dejara estar más tiempo porque mi madre ya me había dicho que no. Pedirle a mi padre que inflara el tripón y subirme a él mientras lo inflaba y desinflaba, pedirme él a mi que le rascara la espalda y decirme más arriba, mas abajo, a la derecha, ahí, ahí, decirme que me iba a contar una cosa al oído cuando en realidad me iba a hacer cosquillas.

Irme con mis hermanos a la piscina y enseñarme a nadar, verles tirarse de cabeza y jugar a perseguirnos por el césped, volver a casa con la espalda roja y gritarles mi madre que por qué no me habían echado crema, tener que dormir boca abajo por el dolor y aguantar el pestuzo a vinagre de las friegas que me daba mi madre.

Pedirle a mi madre que me echara la colonia de los piojos aunque no tuviera porque me encantaba el olor. Esconderme detrás de la puerta del pasillo a las 8.00 de la mañana el día 6 de enero y ver a mi familia colocarme en el sofá los regalos que los ‘reyes’ me habían traído. Hacerme la dormida mientras mi hermana me metía debajo de la almohada una moneda de 100 pesetas haciéndose pasar por ratoncito Pérez. Quejarme  porque me escocía cuando mi madre me echaba alcohol en las heridas. Coger la máquina de escribir de Jaime e inventarme historias, venir un día del pueblo y encontrarme la jaula de mi Curro vacía porque mi hermana se había olvidado de echarle agua. Levantarme mi madre de la cama medio dormida, llevarme en brazos al salón y darme un tazón gigante lleno de galletas machacadas en leche sin apenas abrir los ojos. Huir de mi padre cuando al comer cocido mordía la cebolla como si fuera una manzana y me amenazaba con ella. Tocar el piano/órgano que mi familia me regaló edición Michael Jackson e intentar aprender sus canciones, escuchar a mi padre contarme sucesos en la guerra y la posguerra y verle humedecer sus ojos al hablar de mi abuela Mónica. 

Y no es que no tenga recuerdos malos, no es que no hubiera días de discusiones infinitas, llantos, cabreos, enfados, peleas, puñetazos, gritos, no es que no hubiera días tristes, situaciones difíciles, problemas cotidianos. Es que me entró la melancolía de esos momentos que mantengo grabados en el recuerdo, al pensar sobre todo cómo han cambiado las cosas, cómo nosotros ya no somos iguales que hace 10 años, cómo los problemas van en aumento y los momentos buenos escasean. La familia crece, y a veces da alegrías, pero siento que lo que está por venir es un cielo oscuro, lleno de nubes negras, con tormentas  eléctricas y días de lluvias. Ya llevamos un tiempo así y no veo el día en que salga el sol y vuelva a brillar con todo su esplendor.

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otra seta dijo...

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