ya ves aquí

Muchas veces en mi vida he pensado en desaparecer. Chas, y no estás. Lo he pensado tanto y tantas veces que he imaginado multitud de finales. A veces piensas en desaparecer por la puerta de atrás, por la de la vergüenza, por la del resentimiento; otras veces te lías la manta en la cabeza y te ves a lomos de un jinete guapo y rico que resuelve tu vida. Dejar esta ciudad, irme a un lugar cálido, perderme por un bosque nevado, okupar una casa, fugarme a otro país, introducirme en una secta, o en un convento. Por supuesto que el suicidio es de las más recurridas, tengo tantas formas de morir, pienso en cada detalle, en cómo lo preparo, en lo que ocurriría después, en quién me encontraría, que cualquiera al leerlo podría ir corriendo a encerrarme un tiempo.

Todo esto depende del estado de desánimo que te invada. Si estás en un pozo negro piensas en morirte rápido, sin demasiado sufrimiento; si estás en un día melancólico piensas; “a la mierda con todo”; si te ves en un día soberbio dices “iros todos a tomar por culo”  y buscas en internet destinos turísticos donde empezar de cero.

Pero este tipo de cosas las pienso mientras estoy en mi cama, o en mi casa, o de camino al trabajo, pero en un lugar donde me siento a gusto. Y claro que son pensamientos impuros, pero se quedan ahí atrapados, como mucho en un papel. Nunca llegas a tomar esas pastillas que dicen que te dan un momento “dulce”, no pasas una navaja afilada por ningún poro de la piel, miras hacia abajo y realmente sabes que no te vas a tirar. Tampoco vas a buscar trabajo en el extranjero, ni te lanzas a conocer a alguien que te saque de esa vida de mierda. Sigues con tu día a día, sigues con tu rutina, sigues con tu forma de ver la vida, ves a la gente que te rodea y no lo piensas mucho más. Mientras tenga mi almohada y mi gato para achucharle, los momentos de bajón son eso, momentos, y tarde o temprano acaban por esconderse de nuevo.

El problema es cuando hay un punto en tu vida en el que sientes que no perteneces a nada. No tengo nada mío, no tengo una casa, no tengo un coche, no tengo una mísera bici que me de cierto sentido de autonomía. Mi carrera es de mis padres porque ellos la pagaron, mi trabajo es de mis jefes porque son ellos quienes me pagan. Lo único que puedo comprar son cosas efímeras, imperpetuas (si es que eso existe). No hay nada que pueda decir eso es mío, es mi logro personal. Porque por supuesto las personas no se poseen, ni a los animales, son parte de tu vida, pero no son tuyas, ni si  quiera tu hijos.

En el instituto el año pasado tuvimos que dibujar un árbol, la copa del árbol simbolizaba los logros o metas que habías alcanzado. Me quedé en blanco, no supe qué poner, la gente me animaba con la carrera, con el carnet de conducir, pero no lo sentía como un logro, sino como algo que debía hacer, como la Comunión.

Y el único rincón donde yo me encontraba a gusto, era de prestado, y sabía que no iba a durar mucho más tiempo. Pero ahora ni si quiera me apetece estar allí. Siento angustia, escalofríos, estoy como en modo alerta, siento miedo a veces, hay mucha pena y tristeza en el ambiente, solo quiero salir corriendo de allí.

Y hoy cuando he cogido la maleta y me he decidido a irme, todos aquellos lugares a los que se me ocurría ir, al final les encontraba un punto por el cual no me decidía a dar el paso. Tengo amigas independientes, pero no solas, tienen sus parejas, y siempre hay un hueco para un par de días, pero cada uno tiene su vida y su rutina, y mi presencia lo alteraría, igual que altera una cámara de vídeo a una tribu en un estudio antropológico. Y pienso en la familia, pero no solo tienen problemas sino que todos estamos en ellos metidos, no terminaría por salir del todo de mi agujero. Luego piensas en amigos que en realidad son colegas, y que el hecho de mudarte unos días sería algo divertido, pero seguro que sabiendo lo poco divertido que es esta situación más de uno pensaría “y no tiene la casa de una amiga donde ir?” A medida que vas indagando es como si las ganas se fueran reduciendo, incluso piensas “pues un hotel!” pero la economía no está para ese tipo de caprichos. 

Al final, aquí estoy, en un sitio donde sé que no molesto, donde sé que no causo problemas porque mi presencia es inexistente. Puedo contar las cosas y nadie me juzgará, nadie me dirá nada, y cuando digo nada es literalmente. Seguirá mirando al frente, como si lo que yo contase no tuviera ni la más mínima relevancia, podrá  o no escuchar lo que digo pero de su boca no se emitirá ningún sonido. Ni una palabra reconfortante, ni un gesto cercano, ni una mano al hombro. Nada. Vacío. Y tener que mendigar el cariño me hace sentir moralmente humillada, me envuelve en una tristeza infinita, y hace que vuelva a esa temida espiral de pensamientos impuros, de querer escapar, de sentir que no tengo mi lugar, de no pertenecer a nada, de salir corriendo, de hundirme en mi agujero. 

Dormir y no despertar debe ser el pase VIP. Yo tengo tercera clase, mi habitación es estilo Ortega-Lara, hay ratas y cucarachas por doquier, vivo en un sótano y este barco no para de tragar agua, cada día un poco más. Al menos al final, cuando me encuentre con un trozo de tabla perdida en el naufragio sabré que podría subirme a ella aunque hubiera otra persona ocupándola. 

Anuncios

otra seta dijo...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s