El parque

Allí estaba sentada. Con su libro nuevo entre las manos, posada sobre el verde y húmedo césped, dejando que pocos rayos de sol se incrustaran en su piel.  Decidió ir al parque más céntrico de la ciudad, sabía que habría mucha gente, y que si la entraban ganas, nadie podría reconocerla.

Seguía leyendo por donde lo dejó antes de salir del tren. Escuchar música o adentrarse en un libro la ayudaba a no pensar. No quería ponerse los cascos porque no quería perderse el ruido de fondo. Chicos en monopatín, chicas en bicicleta, niños corriendo detrás de los pájaros, gente hablando de sus cosas, riéndose libremente. Y poco más.

Entrar allí le trajo muchos recuerdos, un antiguo novio la llevaba allí cada semana, a contarle aventuras, pero también a meterse mano. No la incomodaban los voyeurs, ni si se tocaban. Eso le daba igual. Mientras no se acercaran, ni les molestasen, no había problema. Era como si se metieran en una burbuja y no hubiese nada alrededor. Claro que taparse con la chaqueta ayudaba bastante a no ver que les veían.

Pero eso ya quedó atrás hace muchos años. Más de 10, quizá más de 20.

 

Ahora no iba a pensar en otras personas, porque lo único que le venía a la cabeza era el dolor tan profundo que sentía dentro de su cuerpo. Era un dolor que no podía describir, una mezcla entre pinchazos, punzadas, cuchilladas, puñetazos, pellizcos… todo junto. Llorar ya no la calmaba.

 

Respiró profundamente de nuevo, movió la cabeza disipando todo pensamiento oscuro. Continuaba leyendo pero a cada línea que avanzaba su mente volvía a revivir todos los momentos duros que habían sufrido, lo que le hacía tener que volver a releer lo anterior, sin saber muy bien el hilo de la narración. Parecía que nada era verdad, como si no le hubiera pasado en realidad. No podía ser que no recordara momentos buenos, sabía que los había vivido, pero no conseguía que llegaran a su mente.

 

Empezó a llorar, lloraba bajito, lloraba en silencio, aunque sabía que nadie la veía porque llevaba la capa de fantasma, era invisible, la gente pasaba a su alrededor y nadie se giraba ni miraba de soslayo a ver qué ocurría. Y eso le permitía seguir llorando. Aún así no podía evitarlo. Había llorado tantas veces metida en su cuarto debajo de su colcha en bajito para que nadie la escuchara, que ahora le resultaba difícil hacerlo a pleno pulmón. Cuando nació y el médico le dio el azote se puso a llorar tan bajito que tuvieron que golpearla más para oír sus quejidos. Por eso cree que en esta vida hay que sufrir en voz alta para que a uno lo escuchen. Por eso cree que  si nadie te oye es que en realidad no está pasando.

 

Pero si pasaba. Pasaba que había roto con todo. Pasaba que ya no podía sentir más dolor. Pasaba que estaba cansada de intentarlo una y otra vez.

 

Así que mientras se tapaba la cara, y cerraba el libro porque lo estaba empapando, sacó su cuaderno  y se puso a escribir. Escribía para aliviar el dolor, para mitigar su sufrimiento, para leer lo que podía estar ocurriendo a ver si su cerebro era capaz de entenderlo, porque ella no lo entendía.

Pese a estar en un pequeño rincón, por donde no pasaba gente cerca, notó que el poco sol que la seguía se había ido de repente. Al levantar la vista con los ojos medio cerrados por las lágrimas y la claridad, encontró una silueta que resultó ser la causa de aquella sombra repentina. Puso su mano sobre sus cejas a modo de visera y pudo ver un poco más, lo primero que distinguió fueron unos bonitos ojos claros de un color que no podía describir. En unas décimas de segundo intentó comprender el por qué de aquél extraño; miró hacia los lados pensando que esa persona se estaba confundiendo, miró a sus manos por si estaba pidiendo limosna, le miró de nuevo a la cara para ver su expresión, y encontró una cara sonriente que le miraba fijamente. En realidad ella estaba intimidada porque no entendía como alguien podía verla si supuestamente era invisible, también porque estaban acercándose a su espacio íntimo y eso le producía estrés. Tras unos segundos sus ojos se adaptaron por completo y se limpió la cara porque la daba vergüenza que la vieran así, y comprendió que aquellos ojos venían a pedirle algo.

“¿Tienes papel?” Vale, un fumeta se había quedado escaso y estaba pidiendo un poco de papel de fumar, o se había dejado en casa el librillo porque fumaba tabaco de liar y no iba a comprar otro por un cigarro, ¿o se refería a si tenía papel y boli para escribir su teléfono que le iba a dar a alguna rubia que se le hubiera acercado? “Sí”, y aprovechó para agachar la cabeza y que no le viera la cara congestionada por las lágrimas ni roja como un tomate. Sacó tres o cuatro y se los dio sin apenas mirarle, porque se acababa de dar  cuenta que además de todo lo anterior, esos ojos le ponían más nerviosa de lo que esperaba. “Muchas gracias”, contestó, “no hace falta tanto!”, sonrió. Y su intento de sonrisa sin casi rozar su mirada quedó de patética y cobarde, lo que siempre fue.

 

El problema es que ese chico de ojos bonitos no se iba, ella volvió a abrir su libro para retomar su lectura, pero al notar que la presencia de ese ser seguía allí tuvo que volver a levantar la cabeza y mirarle de nuevo. “Estos son dos en una moto y se cae el del medio”, y su cara se iluminó con una sonrisa perfecta en una cara corriente. Ella soltó un “ja” medio por pena, porque no tenía mucha gracia, pero al hacerlo también sonrió, y entonces el muchacho pareció más relajado. “Creía que no te podías reír”, “A veces”. “Por cierto dime el título de ese libro para no pillarlo porque debe ser jodido que te cagas, en plan dramón no?” Ella rió con melancolía, con risa de me ha gustado tu forma de entrar pero en realidad me quiero morir ahora mismo.

“Psss psss, gatito!” e inmediatamente ella miró hacia donde él se estaba dirigiendo. Un precioso gato blanco con manchas negras se quedó paralizado durante un instante, seguro, pensó, ha sido al ver los ojos extraños de este tipo, que le dejan a uno como si fuera Medusa. “Ven aquí anda, bua, pasa de mi” la sonrisa la tenía permanente, ¿alguna vez se pondría serio? ¿Pero que hace este chico hablando conmigo?

 

No sabía muy bien cómo pero ese chico se puso a conversar, y a liarse un cigarro (teoría número dos acertada) ella le escuchaba a medias, porque la otra parte de su cerebro estaba intentando explicarse si se trataba de una broma o la estaban grabando para la televisión. Ella contestaba automáticamente y poco a poco se le olvidó que hacía un momento tenía ganas de salir corriendo.

Con la tontería aprovechó y se sentó cerca de ella, “si te molesto me lo dices, que a veces soy un poco plasta y no me doy cuenta”, “no te preocupes, si me hubieras molestado, hace rato te habría dicho que no tenía papel”

 

Continuaron hablando, desde fuera parecía que eran amigos de siempre, o que eran pareja, o que se conocían de hace tiempo y no se habían visto en años. Pero claro, la gente no tenía ni idea que en realidad eran dos extraños. Sí, a ella a veces se le pasaba por la cabeza la absurda idea de que él estaba intentando ligar, pero como aquello era imposible porque esas cosas no pasaban, en seguida se desvanecía esa idea y seguía hablando como si nada. Ella era una persona educada, que no solía mandar a la playa al primero de turno a no ser que le diera mal rollo, y éste mal rollo no le daba, le daba muy buen rollito, demasiado para ser cierto.

Entonces el móvil de él comenzó a sonar, pero lo silenció porque estaba en medio de una conversación bastante interesante. Lo que pasa es que a los cinco minutos volvió a sonar. Ella ya se había imaginado que su pareja lo esperaba al otro lado del parque, o que había quedado con unos amigos. “Tengo que marcharme” “Claro, no pasa nada, parece que te da pena, jeje” “Estaba a gusto la verdad, perdona si te he dado la plasta” “No te preocupes, ha sido un buen ratito” Ahora ya se le habían olvidado todos los males, e incluso había guardado su timidez, y total como no le iba a volver a ver, sin pensarlo mucho lo soltó. “¿Sabes?” “¿Qué?” “Bueno, nada, una tontería”, “Que, ahora no me lo vas a decir con la de tonterías que he dicho yo” “Pues que es curiosa la vida, apareces de repente, conversamos un rato, me encuentro cómoda e incluso pienso ¡qué tío más majo, a ver si me lo vuelvo a encontrar!, pero sé que eso no va a pasar, sé que ahora te irás y no volveremos a vernos en nuestras vidas, porque ya me ha pasado alguna vez” “Puede que otro día nos crucemos, el destino…” “No, ya te digo yo que no, que eso solo pasa en las pelis, la realidad es que nos cruzamos con miles de personas a lo largo de la semana y al 99% no nos las volvemos a encontrar, y al 1% restante es gente que tiene nuestros horarios pero con la que nunca se intercambian palabras” “La verdad que yo también he estado a gusto, pero es que tengo que irme, lo siento tía, no puedo faltar” “Que no pasa nada, ¿estás tonto? No me pidas perdón. Solo digo que qué curioso, probablemente dentro de un tiempo me acuerde del día que fui al parque y conocí a un tipo estupendo del que no sabía ni su nombre” “Gorka, así ya lo sabes” “Pero para qué me lo dices, ahora voy a pensar:  mira, podría haber conocido más a Gorka pero como la vida es así no volveré a verle y no sabré si en realidad quería papel o lo que quería era… bua, déjalo” “Jaja, dilo, ¿quería ligar?” “Ni idea, tú sabrás, pero supongo que no, que querías papel” “Bueno en realidad quería dejarte un kleenex pero no sabía cómo”. Silencio. Vacío. Un golpe seco. Todo se  para. Las risas se convierten en seriedad. Un jarro de agua helada corre su espalda. “Perdona tía, es que te estaba viendo y me estaban dando ganas de venir a darte un abrazo, pero claro no nos conocemos de nada y he pensado que si lo hacía ibas a llamar a uno de esos que van a caballo o pensar que estaba loco” Cierto nerviosismo se apodera de ella, lo piensa un poco, de pronto la calma otra vez “Bueno la verdad que si hubieras hecho eso puede que sí hubiera salido corriendo, o me hubiese cagado encima, vete tú a saber”  Otra vez risas, se fue la tensión. “Quédate aquí, vuelvo en un rato, y seguimos charlando” “Sí mira, como si no tuviese otra cosa mejor que hacer” “Bueno también es verdad. En caso de que te quedes pasaré por aquí y entonces no podrás decir que no nos hemos vuelto a ver” “Ja-ja” “De verdad es que tengo que irme que me van a matar, tú quédate y seguimos por donde lo hemos dejado, que a mí también me has dado buen rollo, chica de ojos grandes” Eso hace que se ponga colorada pero como es una experta en evadir cumplidos hace que busca algo y termina con “Ya veremos”.

 

Sabe que no va a aparecer, sabe que no le va a volver a ver, en cuanto se da la vuelta se pone a llorar. Se sienta y llora bajito, sin mirar cómo se marcha. No llora por ese extraño, en el fondo le da lo mismo, es guapo y qué, habla bien y qué, parece listo y qué, le molan los gatos y qué. Da igual, sabe que ese chico tiene una vida, pero llora porque le molesta conocer gente agradable a la que no volverá a ver, porque ya le ha pasado muchas veces. Llora porque había contenido durante 10 min el chorreo de lágrimas que estaba brotando antes de que él apareciese. Llora porque le vuelven los recuerdos de por qué había ido allí, de por qué estaba así. Llora porque en el fondo le hubiese encantado que le diera aquel abrazo y que alguien que no la conozca la hubiese dicho: “casi todo en esta vida tiene remedio, y si no lo tiene no te preocupes demasiado porque todo pasa”.

 …

C.P.

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