y fueron infelices y comieron perdices

caperucita roja

Caperucita paseaba tranquila en el bosque espeso. No le daba miedo. Se había criado allí y lo conocía al dedillo. Caperucita tuvo una infancia no muy fácil, familia escasa y desestructurada, apenas hizo amigos.

Su padre andaba metido en la droga, apenas le conocía. Su madre hacía la calle. Su abuelo era proxeneta, y le llevaba caramelos en forma de corazón para atraer a las niñas. Su abuela murió a manos de su abuelo de la última paliza que le dio.

Así que ella pasaba las horas en el bosque espeso, lejos de su chabola. De niña tenía un carácter algo especial, le gustaba torturar pequeños insectos, los metía en agua, les arrancaba sus patas para verlos revolverse, les clavaba pequeños palillos, y observaba cómo iban muriendo agónicamente. Sin embargo luego se volvió una amante de los animales, se tumbaba en el espeso césped, y observaba cómo volaban los pájaros. Perseguía a las mariposas corriendo tras ellas, se acercaba a acariciar a todo aquel animal que se lo permitiera. Y aquel cambio fue porque una vez una vieja que se encontró en el bosque espeso le dijo que no hiciera eso, ya que en realidad esos insectos podrían ser mujeres que en su muerte eligieron nacer cucarachas, o gusanos, ya que no querían volver a tener una vida humana.

–          ¿Y por qué prefieren ser insectos tan desagradables?

–          Porque prefieren el dolor de ser rechazados por su aspecto a ser violadas o vejadas o torturadas por hombres que creen en la belleza.

 

Un día llevando caramelos a su abuelo conoció a un niño, un niño de ojos grandes que se había perdido. Estaba un poco asustado pero quiso hacerse el duro delante de una niña de mirada confusa.  Vio a Caperucita con su capucha roja y sus trenzas naranjas.

–          ¿A dónde vas niña?

–          A ti que te importa chaval

“Qué carácter- pensó el niño-, me gusta”. Así empezó una rara amistad, donde a veces se encontraban en el bosque espeso, donde apenas hablaban de sus vidas, donde podían jugar a ser otras personas.

Caperucita no quería saber nada de chavales, no quería ir al colegio ni aprender. Caperucita se pasaba el día y la noche en el bosque espeso, se construyó su propia caseta y se tiraba días enteros allí comiendo lo primero que pasaba por su mano, fruta, insectos, tierra, hojas podridas. Se alimentaba de soñar. Porque lo que nadie sabía era que Caperucita soñaba todo el rato, soñaba que era rubia, que vivía en un castillo, o que la gente la quería, o que era muchimillonaria, o que su madre era una mujer amable y protectora, o que su abuelo era torturado por todas las niñas de una escuela infantil, las cuales le introducían agujas por la polla, le clavaban clavos en el escroto, le cortaban con cuchillas pequeñas incisiones  en la piel y después se orinaban encima. Soñaba con una vida que no iba a tener. Por eso nunca despertaba. Por eso se pasaba los días en el bosque espeso evadiéndose de la realidad. Por eso no era consciente de que había un niño de ojos grandes que la seguía, que la acompañaba en las noches oscuras, que se obsesionó con ella, que la enseñaba cosas de la vida.

 

Hoy Caperucita ya es una mujer adulta. Tuvo una hija a la que no sabe dar cariño porque a ella no le enseñaron esas cosas. Se casó con el niño de ojos grandes, porque era de esperar. Porque todo el mundo lo sabía. Lo que la gente no sabía era que en las noches de luna llena ese niño se transformaba en lobo, y mordía a Caperucita, y la hacía sufrir como su abuelo a su abuela, como su padre a su madre, como su abuelo a su madre, como su madre a ella. Caperucita creyó que había sido alguien especial para el niño de ojos grandes, pero se decepcionó cuando descubrió que para lo único que la quería era  para que tuviera su casa en orden y limpia.

Sus ideales y sus sueños se esfumaron el día que la prohibieron volver al bosque espeso. E iba muriendo lentamente en agonía por no haber sabido manejar la vida que le habían otorgado. Caperucita se acordó entonces de la vieja y decidió que si moría se convertiría en el bicho más feo y asqueroso que hubiese en la tierra, y volvería al bosque espeso, donde había sido tan feliz.

Dedicado a todas las mujeres luchadoras que aun no habiendo perdido la vida física, sienten que la vida se les ha escapado por cualquier motivo; a esos zombis que habitan nuestra tierra caminando sin sentido, dejándose llevar sin más preocupación que el poner un pie delante del otro porque ya han perdido la esperanza.  A todas y cada una de las que han muerto a manos de sus torturadores. Y a los lobos con piel de cordero que van de un palo y luego en realidad son los peores, les digo desde aquí: VESTE A LA MIERDAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!

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otra seta dijo...

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