Las amarguras no son amargas, cuando las canta Chavela Vargas.

Hay un gran libro de una gran autora que se llama “Inés y la alegría”, el mío se llamaría “Isilla y las alegrías… a medias”. Porque como buena Camarero parece que la felicidad nunca puede llegar a ser completa.

Me quedan apenas horas, minutos y segundo para dejar el nido (de águilas*) y construirme el mío. Pero tengo el pie torcido, bueno un dedo raro que se ha jorobado. Y eso me hace pensar dos cosas: que me voy de casa de mis padres con el último recuerdo de un somier maldito y por tanto con “dolor” (aunque sea físico), o que empiezo mi vida independiente con “mala pata”. Lo primero me hace gracia, lo segundo… glup.

 

INDEPENDENCIA. O como dice MackLemore ai-en-di-i-pi-i-en-di-i-en-ti. Tan soñada, tan buscada, tan idealizada. Parecía que nunca llegaría, y aquí está, a la vuelta de la esquina, esperándome con los brazos abiertos. Pero sabes eso de que cuando esperas, y esperas, y esperas y nunca llega, y cuando llega parece que ya no hace ilusión.

No es que no me ilusione la idea, pero las cosas nunca son como uno quiere, al menos en mi caso. Te haces a la idea de una casa, un lugar, un hogar, unas formas, tamaños, gustos, zonas, etc, y luego nada es como esperabas. También como Camarero que soy me conformo con casi todo, al final me adapto y le veo el lado bueno a las cosas.

 

Las cosas son así, vienen dadas. No hay dinero para elegir, no hay demasiadas alternativas. Siempre he querido vivir de alquiler, he sido consciente de que esa casa no iba a ser MÍA, sino mía, pero en este caso ni siquiera siento ese mía en minúsculas, siento que estoy de prestado. Como si okupara el lugar de alguien.

Y sinceramente, la situación familiar tan rara de estos últimos días con enfados que no se entienden me dejan mal sabor de boca, como si ni siquiera tuviera el derecho de celebrar mi nueva vida, como si siempre hubiese alguien dispuesto a amargarme un dulce.

Debería estar dando saltos de alegría, pero en lo más profundo de mí misma hay una niña descalza sobre un charco con la mirada baja y un nudo en la garganta. Lo sé, los días de lluvia me ponen así. No son miedos, los hay, es solo que quizá esperaba más alegría por parte de mi familia y sólo veo caras largas, caras de poker, caras sin sal y sin sustancia. No es justo, creo yo, es que no se alegran de que las cosas me vayan bien?

España, menudo país, nadie nunca te reconocerá un mérito, está lleno de envidiosos y personas que ponen zancadillas, no valorarán tu arte, tu música, tu trabajo, tu lo que sea, a no ser que haya un interés o que otros países te reconozcan.

 

“Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca he de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar”

                             A.M.

 

*Frikadas de Juego de Tronos

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