dolor de estómago

Se adelantan los listillos de San Isidro

Me hace gracia que dijeras que quieres otros caminos, sin haberme preguntado siquiera qué caminos quiero yo. Porque lo fácil es pensar que he perdido la cabeza por ti o algo así, y alejarme para no sentir y no tener que decir la verdad a la cara.

Es curioso veros a los hombres cómo os comportáis. Si una chica os presta un poco de atención en vuestra cabeza salta la alarma girando a toda velocidad con ese sonido tan estridente, y ponéis pies en polvorosa para evitar el enfrentamiento, o hablar, o expresar.

Sólo necesito una cosa, que me cuentes qué quieres de mí, porque yo estos cambios repentinos de actitud no los entiendo. Me degradas a colega con derecho a hablar dos frases al día, pero cuando estás caliente, cuando tienes ganas de jugar, entonces llamas a mi puerta sabiendo que yo te voy a responder. Ya no es que juegues con ventaja, es que vas de listo y a mí me estás tomando por tonta. Y eso no te lo consiento.

Ponte en mi puto lugar. Tuve que hacer un pequeño duelo pensando que no volvería a tenerte debajo del edredón. Conseguí asumir que ya te había perdido de esa forma, pero estaba ganando terreno en cuanto a ser colegas. Ya no pedía amigos, pero colegas y vernos de vez en cuando. Y así, sin más, coges y empiezas a relatar lo probrecito que eres, la penita que das, porque nadie te entiende, porque no vales para nada… Menudo morro tío.

Y cuando decido ser un poco tú e irme a mi casa, sí, usarte y pirarme como hacéis todos, me dices que estás flipando, que si lo hiciera un tío se montaría un pollo. Pero cómo puedes tener tanta cara dura, si precisamente es lo que haces siempre. Además sabiendo que en el fondo me moría de ganas de dormir a tu lado.

No te entiendo, te lo juro, no te entiendo. Por favor, deja de jugar conmigo. Si se acaba se acaba, pero no me tengas en este quiero pero no puedo porque yo no estoy aquí para sufrir. Quiero ser feliz en la medida de lo posible.

 

Yo analizo los comportamientos porque la gente hace las cosas con un interés oculto la mayoría de las veces. Y pensé que quizá verme otra vez en el mercado te hizo pensar que me podías perder definitivamente, y mejor tenerme para cuando TÚ quieras. También pensé que habías hablado con tu amigo, no sé de qué manera, ni de qué forma, ni lo que habíais dicho, pero que me resultaba sospechosos sí. Y justo, he dado en el clavo, madre mía mi chakra Ajna. Está a tope de radar. Probablemente que tu amigo te pidiera permiso como si fuese yo un trofeo que compartir, y tú darle ese sí rotundo como queriendo decir que te la sopla aunque por dentro estás pensando “qué cabrón”, hizo que sintieras mi pérdida mucho más cercana. Y por eso reaccionaste así. Como los gatos que marcan la zona con su orina, me measte dentro para que todos supieran que sigues siendo el macho dominante.

Yo quisiera hablar todo esto de forma civilizada y madura, pero contigo es imposible, en cuanto ves una normalización de la relación sales corriendo y me pones mil excusas para no quedar estando serenos. No te atreves a decirme las cosas a las claras, que es como a mí me gustan.

Lo malo de tú estar moco y yo no, es que yo recuerdo todo mucho mejor. Y tú sólo tienes un espeso recuerdo de lo que querías mostrar y de cómo te mostrabas realmente. Y eres pura contradicción. No pasa nada, todos lo somos, a mí me parece muy bella. Pero al menos admite que esa contradicción hace que la otra persona se descuadre a cada comentario tuyo. Me dices que quieres follar, pero que mejor otro día que hoy no vas a responder. Me dices que me quede a dormir, en tu cama, que no me vas a hacer nada, pero hace un mes me rechazas por segunda vez compartir edredón porque mis ronquidos no te dejan dormir. Me besas cuando te da la gana, esperando que yo no haga nada. Pero si soy yo la que toma un poco la iniciativa te sientes presionado o te ves como objeto y eso no te gusta y respondes con negativas.

Probablemente no hayas sido consciente, pero mientras dormíamos, después de encontrarnos de aquella forma tan salvaje y con demasiadas prisas, como siempre, al quedarnos dormidos me cogiste la mano, no la rozaste y la quitaste, no, la medio buscaste o diste con ella entre las sábanas y me agarraste un buen rato, acariciando mis dedos. Yo me quise precipitar de la vida, me gustó ese gesto, evidentemente, me hizo sentirme apreciada y no sólo por mi capacidad de succión. Pero al verte cómo te comportas el resto del tiempo me haces pensar que fue algo inconsciente, que te salió sin haberlo premeditado, que te dejaste llevar por dos minutos de tu vida, y que te hizo sentir vulnerable, cercano, frágil. Que si en algún momento aquella mañana tu cerebro pudo hacértelo recordar lo rechazaras de inmediato sacudiendo la cabeza como cuando una mosca se acerca a la cara y queremos espantarla.

Qué pena todo. No fluir. No sentir. No expresar. No tener la libertad de hacer lo que te dé la gana. Qué pena tener que medir tus palabras, tus gestos y racionalizar todo al extremo para que yo no me haga ilusiones, para que no me crea cosas que no son, para que no me pille por ti.

Yo no puedo con estas relaciones líquidas, con estas relaciones Guadiana, con estos encontronazos fortuitos, con estos duelos y quebrantos. Yo quiero gente que se exprese con naturalidad y sean un poco sinceros. Y sobre todo consecuentes con sus hechos.

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Dejar ir para encontrar

Necesito escribir. Necesito soltar todo esto. Es mejor cuando duele el estómago, vomitar todo. Da asco, yo lo paso fatal, se me pone la cara roja, me lloran los ojos, la garganta me quema, pero luego siento alivio. Me quedo más a gusto, respiro y el dolor se para.

Por fin ha dejado de llover. Llevaba tres semanas lloviendo, las mismas que yo llorando. Llorando por mi pasado, llorando por sentir cosas hacia un chico que no me corresponde, llorando por el duelo de su ausencia. Sé que él no sabe gestionar que una tía sea tan directa y tan sincera. Me he abierto en canal. Y lo ha ignorado. Eso quizá sea lo que más me ha dolido. No el que me rechace, ante eso no puedo hacer nada. Sino su impasividad. Su frialdad. Su dureza. Sólo porque ha sentido lástima por mí por un comentario que no ha sabido entender. Y sí, lloro, de rabia, porque siempre me pasa igual. Pero prefiero soltarlo. Sé que luego me quedaré mejor. A mí me alivia llorar, escribir y vomitar.

Si le tuviera delante ahora mismo sé que yo reaccionaría con prudencia, esperando a que él diera el paso. Seguro que no me dejaría darle dos besos porque diría “estoy sudado”, ya que sale por aquí a correr. Y yo le miraría a unos ojos tapados con gafas, y vería mi propio reflejo, triste, lloroso. Y me daría vergüenza. Pero uno no elige sentir. Yo no elegí sentir esto por él. Se lo dije, yo no sé tener amigos y follar, soy novata. Y me las han dado todas juntas. Como con Petit, que también era nueva en la app y no conocía el lenguaje masculino a la hora de relacionarse, ni que desaparecen porque en realidad son unos cobardes. No es cuestión de edad, es que no se atreven a decirte a la cara que no les gustas. Que ya no quieren saber nada de ti.

Me preguntaría “qué haces aquí, hace frío”. Y yo miraría a otro lado, y aunque la contenga con todas mis fuerzas una lágrima traicionera saldría de mi ojo, revelando que verle me duele y me remueve. Quizá le dijese alguna mentira absurda que por supuesto él no se tragaría, como buen listillo que es. O no, o ya puestos le diría la verdad “te echo de menos”. No ya tu tacto, no ya tu respiración, no ya tu voz nasal, no tus rizos ni tu mirada lasciva que tanto me gustaba; echo de menos tus mensajes, tus vídeos absurdos, tus “descansa, buenas noches”, tus fotos con tu cara haciendo el tonto. Tus mensajes calientes, tu emojis de cara tapada porque te parecen absurdos mis comentarios. O que me digas que estás en mi barrio y que si quiero tomar algo.

¿Cómo puedo echar de menos a alguien que nunca me ha pertenecido? ¿Cómo se deja de extrañar lo que un día empezaste a querer sin querer?

No llegué a quererle porque para mí eso es 1ª división. Y nosotros estábamos jugando partidos en el barrio con los colegas, con cambios constantes.

Si estuviera aquí, y esa lágrima se escapase, desearía que me abrazara y me dijera que no esté triste y que no llore. Y yo me derrumbaría en sus hombros, y le diría que es parte de mi duelo, que me tiene que entender. Se lo dije, es magnético, tiene un puto imán, supongo que para tías que no están bien de la cabeza, como yo.

Intento ponerme en su lugar, cómo manejar que la otra persona está sintiendo cosas y tú no. Pero yo quedaría, joder te diría a la cara que es normal sentir emociones, que no las podemos controlar y que lo que hoy duele, mañana dejará de doler. Porque la vida es así, lo que hoy se nos hace un mundo mañana será un grano de arroz en medio del campo. No me arrepiento de mandarle fotos en bolas, ni de decirle las cosas que le he dicho, lo sabe, soy natural, como los desastres, quizá demasiado, y sincera en exceso. Me duele que en estos meses de acercamiento que ha tenido conmigo y que han sido por su puta insistencia los eche todos a la basura por no saber entenderme. Parece como si le hubiera venido bien ese enfado para ser capaz de poner tierra de por medio. Ya no es que tenga que hacer un duelo porque  no le guste y me rechace y me diga que sólo prefiere ser mi amigo, sino que ya ni siquiera voy a poder ser su amiga porque se ha empeñado en juzgarme sin conocerme, con lo que odio eso.

Y cuando no estoy triste por esto, me sale la rabia, y entonces la mala persona que hay en mí, la parte polo, quiere joderle. Quiero que sufra, quiero que sepa que me gustan otros chicos, que me los follo y que soy feliz con ellos también.

Y en el fondo, saco mi propia conclusión y pienso: por qué me importa tanto lo que él haga o que sea mi amigo. Si yo amigos tengo muchos. Sí, creo que mi cerebro vio mucho de mi ex ahí, y quise sustituir esa amistad que nos caracterizó durante años a este nuevo ser. Aunque reconozco que lo de escribir sin faltas de ortografía fue lo 1º que me llegó a la patata.

Y seamos sinceros. Si lo de mi ex salió de aquella manera por ser amigos, esto no iba a ser diferente. Esto tenía los mismos esquemas, el mismo patrón. Ya lo pasé mal una vez, mejor dejarlo ir, dejarlo marchar. Como cuando asomas a un lago, y se te cae el pañuelo que te regaló tu padre cuando eras niña, y lo ves irse despacio al son de la corriente, sabiendo que no volverá, que te hizo compañía un tiempo, que limpió tus ojos y tus mocos pero que ya no podrá cumplir esa función.

Y mientras se aleja, te vienen todos los recuerdos que pasaste con él, y te entra nostalgia. Y qué haces? Lloras un poco su pérdida, te despides, lo dejas ir; pero sabes que lo más práctico es comprarte otro. O limpiarte con la manga que para algo las hicieron.

Por cierto, no le voy a ver aparecer, y todo esto que he soltado se quedará en estas hojas en blanco, porque esas cosas sólo pasan en las películas. Y la única película que hay aquí es la que yo me monto en mi cabeza.

 

Y verás sin duda el resurgir poderoso del guerrero

sin miedo a leyes ni a nostalgias

y lo verás caer una y mil veces y levantarse de nuevo,

con la pura bandera de su raza.

Abrazado a la tristeza. (Extrechinato y tú)