mujeres

relaciones. segunda parte

En la recta final de la relación, al menos del punto donde me encuentro hoy, hubo otro cambio, él lleva un tiempo achacándome que he cambiado, que nadie me soporta, que no hay quien me aguante. Yo lo achaco a que por fin podía mirarme en el espejo y ser yo, no ser una niña moñas y tonta que deja que su pareja mande, un poco mandona quizá, no sé, pero con un par de huevos. Y eso asusta a los hombres, al menos a los que son como él.

El verano pasado hubo una crisis, estuvimos a punto de dejarlo, el verano nunca nos ha sentado muy bien la verdad. Pero decidimos intentarlo porque teníamos algunos proyectos que cumplir, y qué coño, por cabezonería. Yo había apostado todo al rojo, y no tengo ninguna gana de perder. Así que cuando veía que la bola se iba al negro giraba más fuerte la ruleta para que en algún momento cayera en el rojo.

Y nos fuimos hace 3 meses a vivir juntos. Por fin! la independencia que necesitábamos, poder ver si realmente esto funcionaba o no. Pero empezó mal, muy mal, lo primero que hice el primer día que estuvimos solos en nuestra casa fue llorar. Porque me echaba en cara que no había dado un palo al agua en la limpieza del piso y él había hecho todo. Y por más cosas. Aun así todavía quedaba cierta ilusión en mí. Pero cada día al llegar él del trabajo llegaba muy cabreado, y lo pagaba conmigo, y cada día de martes a jueves nos ignorábamos, nos insultábamos, nos gritábamos. El resto del tiempo se aplacaba la ira.

Hubo otra discusión bastante fuerte, un día que le pedí cita para el médico, porque no va nunca y lleva 15 años sin hacerse una analítica. Y un día antes le dije que no había omeprazol en casa (lo toma por su cuenta desde hace 10 años) y cuando llegó a casa como le dolía el estómago lo pagó conmigo, la discusión terminó cuando le dije que ojalá tuviera una úlcera, y entonces él me deseó que ojalá me muriera. Dentro de mi algo hizo clic. Se acabó.

En cuanto al sexo también se acabó. Le pedí, me rechazó, le pedí, me rechazó, le pedí, me rechazó. Tres veces me rechazó, como Pedro. Así que ya no le volví a pedir. Cuando a él le apetecía lo hacíamos, pero yo ya no he vuelto a tener un orgasmo con él. Algo no andaba bien, porque yo he llegado a correrme 4 o 5 veces, dos siempre. Así que un día, después de algo parecido a un metesaca, me puse a llorar, le dije que la cosa no iba bien, que si no se daba cuenta, que se me habían quitado las ganas de follar (a mí!!), que ya no me corría, que ya no sentía el deseo como antes. Y en lugar de reaccionar como una persona normal, y hablar el tema y ver qué podíamos hacer, le debí de herir en su orgullo (no lo hacía cuando le decía que había llegado al tercer orgasmo, claro) y se puso como un loco, como se enfada él vamos. Que yo  iba a tener que pagar por follar, que pagar por tener amigos, que no pensaba tocarme en la vida, como mucho algún día podría engañarle si iba borracho.

Y se fue, lo poco que quedaba de cariño, de deseo, de ganas, se fueron, y no han vuelto. En tres meses hemos follado unas 5 veces. Leí por ahí hace poco que hay cambios que hacen que se reduzca el contacto físico, que no pasa nada, que podemos tener malas épocas. Pero yo tengo deseo, yo me masturbo y me corro, y me sigue gustando. Pero le estoy cogiendo un poco de asco a su persona. Lo sé porque el último intento, cuando me decía guarradas al oído, me daba asco oírle, cosa que nunca me había pasado. Quería que se callara. Me corrí de milagro.

Lo sé, como sexóloga no debería darle importancia al orgasmo, ni a la penetración. Ni al deseo, pero algo pasa. Creo que esto tiene un punto y final, pero es complicado, son muchos años, y mi apuesta que sigue en mi cabeza, y el futuro que lo veo muy negro y solitario. Me he convertido en lo que más he despreciado, estoy haciendo las cosas que no quería hacer. Y el otro día, fue el punto sobre la i, la gota que colmó el vaso.

Se enfadó porque hacía calor y no podía dormir, y me despertó. Y luego se enfadó porque el gato entró 5 min en su habitación. Cuando nos íbamos a currar le pedí que no me hablara, que lo dejara, pero insistió, tensó la cuerda, y estalló la bomba atómica. Por contradecirle le saqué de sus casillas y explotó como nunca lo había visto en mi vida. Se abalanzó contra mí, me cogió de la cara y se puso a gritarme repitiendo una frase que apenas recuerdo, porque no recuerdo mucho lo que pasó, porque de repente me vi llorando y gritando y no podía respirar, y como se debió de asustar se puso a dar puñetazos a la puerta. Y se rompió la mano.

Casi me cago encima, mi cuerpo temblaba, no sabía qué hacer, solo le podía gritar que le odiaba, que ojalá se muriese (yo también caí en la falta de respeto, la verdad que el respeto se perdió hace mucho), me quería ir de allí, no podía entender cómo podía haberse puesto como un energúmeno, y sé que pegó a la puerta porque no puede tocarme, porque sabe que si lo hace se acabó.

Esa noche no pude dormir en casa, y ahora le han dado la baja, y me temo que la convivencia va a ser horrible. Peor que hasta ahora. Pero me da pena, ayer cuando le vi, al principio saqué toda la mierda que había guardado, le dije de todo, le dije que los maltratadores no empiezan con un golpe, que van minando psicológicamente, y encima tiene el morro de decirme que eso se lo estoy haciendo yo a él. Por supuesto también me echó la culpa de haberse jodido la mano, no por dar el golpe en la puerta, sino por la consecuencia en sí de que yo le saqué de sus casillas.

El colmo, como dice mi tía. Yo no creo que ninguno llevemos razón, yo creo que ambos tenemos la culpa, y creo que sabemos que esto se ha terminado. Pero nos cuesta reconocerlo, y sobre todo a él le cuesta asumir una mínima parte de responsabilidad, que es lo que me mata el alma, lo que me ha decepcionado una y otra vez en estos casi 9 años. No soporto que todo lo que él haga sea consecuencia de mi comportamiento. No puedo creer que yo sea la única responsable ante sus ataques de ira. Vivo con un maltratador en potencia, y sí, lo admito, yo no soy una santa, sé que tengo mucho carácter, que no me callo, pero también tengo empatía y me apiado de su situación. Anoche le miraba el brazo y me puse a llorar porque en el fondo me da pena, porque se ha jodido el verano, porque le van a echar del curro, porque se me han quitado las ganas de prepararle la noche romántica que le dije que íbamos a tener, para ver si conseguíamos volver a como estábamos antes. Lloraba y lloraba, como llevo haciendo toda mi vida, es lo único que hago, llorar, que no sirve de nada. Llorar porque las cosas no son como quiero, porque la vida me da la espalda en los peores momentos, porque yo no quiero que cambie sino que admita cierta responsabilidad en nuestra relación, de las cosas que van mal sobretodo. Lloro porque me da pena que dos personas que se han querido desde niños, que sabían que acabarían juntos, que se han llevado tan bien, acaben como lo estamos haciendo por la falta de comunicación, de confianza y de asumir la culpa.

Y dejarle ahora me parece de cobarde, ahora que yo gano más, ahora que me va mejor laboralmente, ahora que se va a quedar en la calle, ahora que está lesionado. No me parece de buena persona. Aunque según él soy lo peor, soy la peor persona que conoce, soy lo más malo que hay en el mundo, así que debería darle la razón y dejarle tirado. Pero no me sale. No puedo. Y no sé qué hacer.

relaciones. primera parte

Dicen por ahí: te casaste, la cagaste.

Nunca pensé que tendría que darles la razón. Si bien no estoy casada, al menos es como si lo estuviera.

Empezamos mal, como lo empezó nuestra relación hace 8 años, como lo fue el intento fugaz de noviazgo hace 12. También hay una frase que dice: lo que mal empieza, mal acaba. Y esa jodida frase ha estado dentro de mi cabeza día sí, día no, como sabiendo el final que todavía no ha llegado. Ya sé que estoy haciendo la profecía autocumplida, pero también conozco mi intuición, y aunque me joda, sé lo que va a pasar antes de que pase. Sin bola de cristal ni nada, pero lo sé.

Es verdad que nunca ha sido una relación al uso, al principio yo le quería con huesos, alma, carne, saliva, bilis y úlceras, pero él había cambiado, ya no era el niño tierno y tímido que fue en un tiempo. Y su carácter amargo y ácido y retorcido ha ido minando mis ilusiones. Nunca creí en el amor verdadero, no creo en las medias naranjas, pero sé que estuve enamorada, y supe que se me pasaría como es lo normal, y quise quererle como hacen las parejas que duran, que no están enamorados, porque es imposible estarlo más de unos 3 o 4 años, pero al menos conservan el cariño, la paciencia, las ganas de verse, la cordialidad, la comprensión, la comunicación.

Después de 2 años sintiéndome como una idiota, llorando por todo lo mal que me hacía sentir, y aun así amándole, por fin mi cuerpo se relajó, aprendió a convivir con la nueva situación, y el enamoramiento se fue y dejó paso a la pareja como uno. Y estuvimos un tiempo bien, de verdad, nos duró casi un año o año y pico, éramos como yo veía en el resto de la gente, apenas discutíamos, se acercaba a mí, yo ya no me ponía tan nerviosa con ciertos aspectos suyos, le comprendía mejor y aprendí a aceptar como era. Después vino una época donde yo seguía queriéndole como el primer día pero él me quería mucho más, más que nunca, yo lo notaba, lo sentía, y me gustaba, y pensaba que sería bonito estar así siempre.

Pero eso también se acabó, y entonces empezaron las batallas. Discusiones de nuevo, esta vez porque yo ya no me callaba, porque yo ya no me dejaba pisar, porque  había recuperado mi YO. Y eso a él le descuadró, pensó que tendría un perrillo que lamerle la mano toda la vida, y se le jodió el chollo. Y desde entonces es una lucha constante por hacerme cambiar, en lugar de aceptarme tal y como yo soy, como yo hice con él. Porque es muy importante saber aceptar que cada persona es como es, no intentar cambiarles. Pero las batallas seguían, y un día se rompió la barrera. Se traspasó la línea. Creo que ese día llegó hace 4 veranos, cuando me prohibió escribir cosas sobre él. Decía que le hacían sentir mal, que lo pasaba muy mal leyendo y que la gente supiera todo lo que yo ponía. Yo le insistía que no daba nombres, que no daba datos como para que supieran que hablaba de él. Pero no hubo forma. Y tuve que renunciar. Y lo pasé mal. Dejé de escribir unos meses, y mi cabeza no me lo perdonó. Tuve que tomar una decisión, y decidí seguir escribiendo, porque es lo único de lo que me siento orgullosa. No tengo un cuerpo atractivo, no realizo nada en modo experto, no destaco en nada en particular, pero mis dedos saben hablar, y yo no puedo conseguir callarlos, lo único que me daba un poco de libertad, y lo aplastó como una simple hormiga.

Así que me busqué un rincón, y seguí, sin que él lo supiera, engañándolo como hacen las malas personas. Al menos mi cabeza descansó. Fue un acto egoísta pero tuve que hacerlo, no puedo renunciar a lo único que me gusta en la vida. Y seguí, aunque ya no era lo mismo, pero me dio igual. Aunque creo que fue ese punto el que me hizo ir perdiendo el cariño que le tenía. Fue ahí cuando se abrió una brecha que cada día se ha ido haciendo más grande.

Eso, y la gran bronca de hace dos años. Me sacó de mis casillas y le pegué una bofetada, como en las películas, y acto seguido como una imbécil me sentí culpable y me puse a llorar por el monstruo en el que me había convertido. Me perdonó, pero yo sé que la brecha se rompió de su lado por mi culpa, y ahí también hubo un punto de inflexión.

Nos perdimos el respeto, y comenzó la época del todo vale. Insultos, los más fuertes y peores que nadie se ha dicho nunca, contacto físico poco, porque yo me he controlado desde entonces y él sabe que no puede tocarme. Pero psicológicamente ha sido un infierno. Tiene un carácter que sabe herir donde más duele, y yo soy más rabiosa que otra cosa, así que me vuelvo loca ante sus palabras.

Y aun así seguíamos juntos, qué tontería verdad? me había convertido en eso que más odiaba, una pareja que no se respetaba pero que convivía. Y esa lucha interna mía de saber que esto va en contra de lo que pienso junto con mis sentimientos que todavía le querían, ha hecho que al final lo vaya dejando pasar, y siempre me quede con lo bueno, y lo malo, a no ser que lo escriba, se me haya ido olvidando.

Pero hubo otro punto clave, una bronca en que fui yo la que le saqué de quicio, y entonces sí, me agarró del cuello y me empujó contra la cama, yo lloraba y lloraba y lloraba, porque no podía creer todo eso. Al final la cosa siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. Y el deseo? pues por raro que parezca no desapareció, follábamos poco para mi gusto, pero eso desde el principio, yo soy mucho más activa. Pero me gustaba follar con él, y sé que a él conmigo. Y luego teníamos largas conversaciones, y risas interminables, y opiniones compartidas. Y con eso me quedaba, y con el cariño, y con los mimos que me hacía y yo a él.