Cicatrices

Toda mi vida he sufrido pérdidas. Y no de orina como diría Concha en el anuncio. Sé que no es algo exclusivo mío. Todo el mundo ha experimentado en mayor o menor grado la pérdida de seres queridos. Yo tengo una lista mental, como Arya, pero la mía en lugar de ser personas a las que quiero matar, es una lista de gente que por una razón o por otra, o sin motivo aparente, se perdió por el camino.

E. Gran amiga del cole en la infancia, nuestro apellido coincidía y llegamos a hacer creer a los compañeros que éramos primas. Se mudó de ciudad y a los años, cuando volvió a visitarnos, no se acordaba de mí. Fue la primera vez que mi corazón se quebraba por este motivo.

L. Me abandonó cuando teníamos 12 años. Era mi mejor amigo del barrio. Se mudó y nunca más le volví a encontrar ni a saber de él. Miento, una vez vi a sus padres, ya bastante mayores, y me dijeron que se había ido a Alemania una temporada y que había vuelto hacía no mucho.

S. Era una buena amiga del cole. Hice bastantes migas con ella, vivía cerca de mi casa, salía a la calle a jugar con ella. Se mudó a otra ciudad y no la volví a ver.

C. Éramos inseparables, pasamos juntas todo quinto y sexto curso. Salíamos en las tardes de verano a jugar. Siempre me pareció que era lesbiana. Me escribió cartas durante un tiempo cuando se mudó de provincia. Nunca le contesté ninguna. No entiendo por qué hice eso, yo me escribía cartas constantemente con mis amigas del pueblo. Le perdí la pista. Siempre me arrepentí de no haberle mandado ni una mísera felicitación de navidad.

L. El punto de inflexión. Coincidimos en octavo porque ella repitió. Adoraba los gatos, tenía uno atigrado precioso. Compartíamos un montón de inquietudes, y por fin sentía que había alguien que me comprendía. Aquel curso fue muy intenso, y muy emotivo, porque abandonábamos el colegio que nos había visto crecer después de 9 años. Ella no se mudó de barrio, ni de ciudad, ni de provincia. Tuvo un accidente de coche mientras yo estaba disfrutando el fin de curso en los pirineos, murieron ella, su hermana y su padre. La noticia me la dio mi hermano a la vuelta de mi viaje. Recuerdo exactamente cada una de las palabras, recuerdo cómo estábamos sentados en la cama, recuerdo que a mi hermano le temblaba la voz. Recuerdo la pregunta estúpida que hice: “Pero ella está bien?”. Lloré mucho. Lloré en silencio por muchos años, acompañado de un sentimiento de culpabilidad por un pensamiento que tuve en la fiesta de fin de curso.

Fue el punto de inflexión porque ahí tenía yo 14 años y estaba muy cansada de perder gente maravillosa por el camino. Gente con la que me entendía, con la que me sentía cómoda, con la que podía ser yo y no ocultarme. Pasaba al instituto e inevitablemente iba a seguir conociendo gente. Pero yo no quería. Además había una persona que justo en esos años, empezaba a tomar forma la relación, y cuando decidí que me gustaba y que quería ser amiga suya, le vino una enfermedad crónica, por la que tuvo que pasar un tiempo en el hospital, y la cual yo no entendía. Y volvieron los miedos, y las paranoias de pensar que a todo aquél que elegía, se acababa yendo de mi lado, o incluso muriéndose.

Me cubrí con capas de hierro, de amalgama, protegí mi corazón de tal manera que me volví rancia, huraña, borde, irónica, distante. No daba abrazos, me costaba mucho expresar mis sentimientos, me volví hermética. Sólo era vulnerable delante de mis cuadernos, en la soledad de la noche en mi habitación. No quería encariñarme con mas gente. No quería volver a pasar por todo eso. Por supuesto ni hablaba de amor. Pasaba de pillarme por un chico, y que me dejara, o que me hiciera pasarlo mal, o que le pasara algo por mi culpa. Pero en el instituto no pude evitar hacer amigos.

C. Éramos tal para cual. Me enseñó todo lo que no sabía de historia y de política. Con ella tuve mi época más activa a nivel de lucha. Nos hicimos íntimas. Gracias a ella conservo a algunos amigos de aquella época. Pero se fue. Dejó el grupo. No se sentía identificada con el pensamiento de la mayoría. Y eligió irse. Alguna vez me la encontré pero la notaba distante, fría. Nunca supe si yo también estaba dentro de ese saco.

L. Fue un gran amigo, un gran apoyo. Pasábamos horas juntos. Nos entendíamos de esa manera que se entienden dos amigos heterosexuales pero que saben que no hay atracción entre ellos. O al menos nunca la hubo por mi parte. Crecimos juntos hasta la juventud. Compartimos muchos viajes y experiencias. Y un día se echó novia y todo cambió. Y realmente han pasado los años y nunca entendí muy bien qué le hice para que me odiara tanto. Porque me odió. Me odia de hecho.

P. Fue un buen amigo, al menos yo le veía así. Pero en las edades que teníamos ya no era una relación tan fraternal. Me hizo daño. Se portó mal conmigo. Y le dejé de ver. Le eché de mi vida por cabrón y por mala persona. Tuve que comérmelo con patatas un tiempo porque era conocido del pueblo. Por suerte eso ya se acabó.

 

Con la madurez y la experiencia de los años asumes que esto es normal, que es lógico, que es difícil conservar amigos por mucho tiempo. Así que me abrí. Incluso me enamoré. Pude echarme novio, lo que hizo que asumiera que en realidad estaba enamorada de mi mejor amigo. Pero con él las cosas no fueron fáciles. Y me preparé para la gran ausencia. Para la mayor de mis pérdidas. Y al final conseguí pasar página. Ahora se me abrían dos caminos posibles: A) Abrirme al encuentro con los desconocidos, a explorar, a investigar, a jugar a seducir, a experimentar, intentando no dar mucho de mí para no acabar muy herida, pero dejándome llevar como para no tener miedo al dolor. B) Cerrarme en banda y asumir que quizá mi mejor opción es vivir sola y no conocer a más gente, para no seguir sufriendo pérdidas. Elegí la A). Me ha ido bien durante un tiempo, bueno más o menos.

Conocí en este verano loco que me he pegado, a un chico más especial que el resto. Y. Y me rompió los esquemas. En poco más de un mes fue todo muy intenso y muy rápido. Y desapareció. No sé por qué motivo, sólo me dejó conjeturas, incertidumbre. Y mi corazón que ya apenas tenía capas, que ya estaba protegido con simples burbujas de aire, se resquebrajó. No lo vi venir y se coló una parte de dolor que no esperaba. Que no quería sentir. Y lloré. Lloré de rabia por llorar de amor. Lloré porque no quería llorarle y sin embargo lo estaba haciendo.

Y dejé pasar un tiempo, no sé si poco o mucho, ahora creo que poco la verdad. Y vendé mi corazón como pude. Y seguí conociendo gente. Y entonces llegó P. Un chico que en apariencia no me atrajo desde el primer momento, pero que ha sido conocerle más y reconocer que se ha colado en un hueco de mi ser. Está entre el azul y el verde. Acercándose más al verde de lo que me gustaría. Pero entre que yo que no sé manejar muy bien esto, y que estoy en ese impass entre dejarme llevar y poner freno a lo que siento, me encuentro que la he vuelto a cagar, por mi insistencia, por no saber controlar mis impulsos, por mi impaciencia. Y se ha marchado. No muy lejos, bueno en realidad no sé dónde se quiere ir. Estamos en ese proceso. Pero sé que ya no hay vuelta atrás. Y que todo el camino recorrido hasta ayer, se ha derrumbado por un malentendido. Y he vuelto a llorar. Porque no quiero perderle. Pero tampoco quiero descubrir dónde habríamos llegado de no ser por la noche de ayer. Y lloro por la culpabilidad de haberme cargado una buena relación de amistad que podríamos haber tenido. Nadie me entiende cuando hablo con la voz.

 

Llevo tiempo diciendo que he regresado a la adolescencia de mi vida. Y ahora no me equivoco. Después de estas  últimas pequeñas pérdidas, de no pasar un duelo y meterme en otro, elijo la B). Se acabó. No quiero conocer a nadie más. Basta ya de jugar a esto porque se me da como el culo. Basta ya de sentir cariño por personas que se van de mi vida. No soporto una herida más. No puedo dejar de sangrar, no sé cómo parar esto. Estoy llena de cicatrices, y sé que son experiencias, pero estoy harta. No quiero volverme huraña como con 15. No quiero volverme a proteger tanto, pero necesito curarme. Necesito descansar y dejar de sufrir. Necesito tomar distancia y poner tierra de por medio. No sé si me perderé encuentros bonitos con gente bonita. Pero ya está bien. Dejad de aparecer por mi lado, dejad de encandilarme con vuestro magnetismo e inteligencia. Hay una parte de mí a la que le da miedo estar sola. Pero me buscaré la compañía en momentos puntuales cuando la necesite. Se acabó el entregarme con naturalidad. Me vuelvo un tiempo a mi bosque espeso, a mi barrio húmedo y lúgubre. A mi soledad buscada.

 

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reacciones

Cuando uno deja una relación de pareja de varios años, donde ha habido amor, ternura, cariño, caricias, encuentros, relaciones, aventuras, diversión, pero también enfados, gritos, amenazas, situaciones violentas, tristeza, desolación y desesperación, tiene varias formas de reaccionar.

Una puede ser escudarse en no querer saber nada de ese sexo, no querer relacionarse durante un tiempo, estar tranquilo y a su aire sin demasiadas complicaciones.

Otra, no estar sólo mucho tiempo, conocer gente constantemente, no aburrirte, saber de otras realidades, y follar claro.

Otra, enamorarte del primero que pase por tu lado y rellenar con esa persona el hueco que dejó el otro.

Otra manera de sobrellevar una ruptura es convertirte en un golfo/a y follarte a la gente por orden alfabético.

Un recurso que también suele hacerse es ponerte un caparazón de hierro y no dejar que entre ni una pizca de sentimientos hacia otra persona por miedo a volver a cagarla.

Otra forma es llorar todo el día por los rincones y sumirte en una depresión.

A veces hay gente que se queda anclada al “¿Qué habré hecho mal?” o el “¿Por qué a mí?”

Muchas personas elijen no pensar demasiado e intentar no recordar apenas a la otra persona para que no resurjan las emociones.

 

En fin, que cada persona elegirá su método más efectivo para pasar el duelo, porque no olvidemos que toda pérdida necesita su tiempo de aceptación. De asumir que ya no volverá y que nunca más estará a nuestro lado. Lo importante al final es que hagas lo que hagas, ponte bragas. No, en serio. Que elijas la opción u opciones que elijas, lo hagas porque te apetece, porque te lo pide el cuerpo, y no porque tu entorno te da directrices de lo que debes o no debes hacer o sentir.

 

Soltar duele, sostener lo insostenible duele más.