tensiones

Me dueles sin apenas conocerte

No es otoño, pero la tristeza me ha invadido. Es tiempo estival, de alegrías y festividades, pero yo no tengo ganas de hacer nada.

Llevo con una pena desde el  pasado lunes, probablemente acentuada por el consumo de drogas y psicoactivos, que después de la euforia vienen con el mazo. Pero es que no hay nada más que odie en esta vida que dejar escapar oportunidades. Y el viernes dejé escapar una muy guapa. Un yogur de 25 años con la mejor sonrisa que he visto en años. Un chico que al hablarme hacía que perdiera el sentido de todo lo demás. Una criatura que con su lengua y con sus labios me transportó a un nirvana que dejé de conocer hace años. Y le perdí. Por estar tan borracha, por mis miedos y mis complejos, por mis negaciones absolutas y no dejarme llevar. Y cada noche lloro su ausencia, lloro lo que pudo ser y no fue, lloro ese cambio de comportamiento que tuvo de un día para otro, lloro si algo pude hacer mal y no lo recuerdo. Lloro que no me escriba ni quiera saber nada de mí; tan sólo pido una noche, para terminar lo que comenzamos, para darle un punto y aparte a esta agonía, para poder descansar y olvidarme de él.

No estoy enamorada, no me enamoro fácilmente, estoy cabreada por mi maldita actitud de niña pequeña, por perderme sus caricias y sus embistes, por no saborear el fruto de su juventud,  ni palpar el tronco de su ser.  Sé que no voy a volver a verle, y eso me llena de lágrimas y de tristeza. Sé que ya se ha olvidado de mí, y que yo ni siquiera le tallé una parte de su cerebro, que fui algo superficial que pasó por su lado.

Si tan sólo le viera una vez, sólo una, no pido nada más. Sólo una noche, amanecer entre sus sábanas habiendo sido devorada la noche anterior. Y por fin descansar. Y por fin conocer lo que aquél día me perdí, pensar que no era para tanto y reconfortarme en mi decisión. Una pregunta suena en mi cabeza desde entonces, por qué? Por qué? Por qué fui tan estúpida?

No puedo comer, no puedo dormir, le añoro a cada instante, mis manos piensan en él a diario, varias veces; y qué, escribirle?, me temo su respuesta, sé lo que me va a decir, y no quiero enfrentarme con la realidad. Prefiero soñar, soñar una y mil veces de formas distintas que nos encontramos, que nos queremos ver, que nos queremos oler, saborear, paladear, exprimir, sentir. Maldita suerte la mía, que me ponen en el camino a un ser níveo, puro, dócil, y yo lo dejo pasar como quien no se para a observar  su último atardecer.

Por favor, dame una tregua, déjame resarcir mi estupidez supina, deja que valga la alegría habernos encontrado. Déjame que me arrepienta de lo que pasó, y no de lo que dejé escapar. Ya sé que es una jodida locura, no te conozco de nada, y casi ni recuerdo tu rostro, el alcohol y otras sustancias han hecho mella en mi memoria, maldita suerte la mía. Necesito cerrar esta puerta, o perderé el poco juicio que me queda.

Y luego está la puta manía de no parecer desesperada, de intentar no agobiar a la gente, de dejar su espacio. Me muero. Te lo prometo. Hacía tanto tiempo que no sentía algo tan fuerte por alguien. Qué puta locura, es imposible, no me gusta de ese modo, es tan sencillo como la jodida tensión sexual no resuelta. Sólo que esta vez ha sido ampliada x1000000.

Acabaré escribiéndole, acabaré cagándola, acabaré perdiendo la oportunidad de vernos otro día. Y entonces  tendré dos caminos, o resucitar, o vagabundear.

 

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